lunes, 21 de septiembre de 2009

Comienzo: Balvanera (Novela)

Salí de La Institución rascándome un chancro que me había salido en la nuca y que se asomaba por arriba del cuello de la camisa rebelándose a quedar escondido, decidí ir caminando hasta casa por posibles problemas motrices en la mano derecha al poner las monedas en la máquina del 176. No iba a ser fácil librarse de La Institución, me seguirían cada paso, cada esquina doblada, el lugar exacto donde cayese cada pucho, a través de los puchos encontrados se evaluaría la disminución o aumento de mi consumo de nicotina, examinarían cada sonada de nariz, el color de cada pañuelo, la forma de doblarlo o hacerlo un bollo y meterlo en el bolsillo o sobre la mesita de luz, examinarían la fertilidad de los mocos secos en cada pañuelo, cada vez que fuese al baño las posibilidades de vigilancia y observación se multiplicaban al infinito, era bien sabido que La Institución casi se regodeaba en cualquier acción que implicase la intimidad de los baños. Eran veinte cuadras hasta casa y ya había recorrido diecinueve envuelto en paranoias de policiales baratos, pensé en Ángel y en su teoría sobre las fantasías de los criminales en imaginarse perseguidos, en cómo el crimen perfecto asesina esa fantasía y el criminal alcanza el punto de frigidez en su escapismo, lo que termina en una triste masturbación malhechora del individuo criminal al lado del botín que ya no lo satisface eyaculando con imágenes de esposas macanazos e interrogatorios. Recordé la teoría de Ángel y preferí ignorar el deseo masturbatorio por el momento. Cerré la puerta con llave y subí las escaleras hasta el segundo piso donde me detuve a inspirar el dulce olor a marihuana que venía desde el tercero, subí el piso que faltaba y entré en la habitación donde me desplomé transpirado en el sillón de goma espuma me saqué los zapatos y observé a Ángel que fumaba con los ojos cerrados y con la oreja muy pegada al parlante donde sonaba con letanía el casette de Charles Mingus que había robado de la disquería en la calle Corrientes. Se acercó gateando, me desabrochó la camisa y me rascó los chancros mientras le contaba cómo otra vez una de sus teorías me había traumado y reprimido cuando tenía ganas de hacerme una paja. Ángel rió a carcajadas mostrando su perfecta dentadura que nunca supe como hizo para mantener así después de tanto chupi los dos atados por día y los casi cuarenta años. Después le agarró un ataque de tos y se fue hasta la cocina entre violentas convulsiones, escuché el ¡pss! de una cerveza, y volvió plácido tragándose el catarro y con un litro de negra helada en una mano y dos vasos, también helados, en la otra, se sentó y todavía sonriendo y con el cigarrillo consumido y apagado y colgando de sus labios me dijo:
–¿Cómo es eso de que yo tengo la culpa de que no te puedas hacer la paja eh?
Le dije que no importaba, sirvió los vasos y me pasó uno chorreando espuma. Tenía que encontrar la manera de decirle que La Institución nos estaba buscando, que ya no era seguro que estuviésemos ahí y que ya no podíamos confiar en nadie. Decírselo, ya lo sabía, para que saliese otra vez con una de sus teorías y me hiciese quedar como un onanista paranoico con delirio de instituciones persecutorias. Tenía que hacérselo entender para que me acompañase, no podía irme sin él, lo necesitaba junto a mí para no caer en la desesperación y en el tedio y el hastío más espeso y absoluto. Pensé en armar valijas pero después pensé que una valija era la idea más idiota y obvia, el símbolo de alguien que se está escapando, también por su misma obviedad podía llegar a funcionar como plan, irnos con bolsos y valijas y decirle al taxista que nos ayude a subir los bultos al carromato enfrente de la bullería de curiosos que se preguntarían a dónde se van de viaje los dos tipos raros del tercero y por otro lado pensando qué bueno que se van, no darle una propina exagerada al tachero para que él tampoco sospeche, esperar el avión por horas en el aeropuerto mientras hacemos crucigramas y partir en clase turista con una gorda dormida y apoyando más de la mitad de su peso en el hombro flaco y acalambrado de Ángel y un adolescente jugando a los video juegos las siete horas seguidas del viaje en el mío, los dos como buenos viajantes con voz y voto y pasaje en la mano y el derecho de reclamarle a la aeromoza anoréxica que sirve los tragos que el piloto estrelle el pájaro de hierro contra la primera montaña que vea o en su defecto encaminarlo hacia el Triángulo de las Bermudas donde podríamos desaparecer a la percepción de los otros y con suerte a la de nosotros mismos siguiendo las correspondientes y adecuadas reglas de la aerolínea de poner las cabezas entre las piernas en caso de colisión. La absurdidad de la valija podía funcionar, pero necesitaba algo más confiable, tampoco me entusiasmaba la idea de no viajar del lado de la ventana y encima entre la gorda y el pendejo. Los quilombos con La Institución eran míos y aunque Ángel no tuviese nada que ver caería de todas formas por ser hermoso drogadicto y homosexual. Pensaba cómo decírselo mientras tomaba la cerveza y él se tiraba de espaldas sobre el piso para mirar el mural neo-expresionista que había pintado en el techo y que le había llevado cerca de tres meses. Le dije que tendríamos que irnos por un tiempo, que no estábamos seguros, que había hecho algo que tenía que hacer y que por el momento no le podía decir qué era, le dije que confiase en mi, que si nos quedábamos estábamos muertos pero que estaba todo bien, le dije que no se preocupe, que no íbamos a morir por el momento, pero que para eso teníamos que irnos ya. Él continuó mirando el mural en el techo y dijo:
-Está bien, pará un poco, si nos tenemos que ir nos vamos y listo.
Se levantó y terminó la cerveza de un trago. Llegué a la conclusión de no-valijas. Agarramos todo el dinero que nos quedaba, el arma, la marihuana y el libro de Dylan Thomas que Ángel estaba leyendo. Él estaba listo pero yo sentía que me olvidaba de algo imprescindible. Se cansó de mi duda y dijo que me esperaba abajo. No recordé lo imprescindible que debía recordar y agarré por agarrar un paquete de pasas de uvas todos los encendedores que pude la navaja suiza y salí a encontrarme con Ángel que ya se estaba peleando en la vereda con una vieja que paseaba a su perro porque él sostenía con toda convicción que era el perro el que debería llevar la correa y que la vieja debería portar el collar con previas tomas de medidas del veterinario para agrandarlo y que calce sin producir irritaciones en la aceitosa papada de la vieja. Incidente que terminó a los gritos y en pelea entre dos bandos separados, el primero que apoyaba el dominio en apariencia humano de la vieja sobre el perro y el segundo que proclamaba los derechos del pobre can de llevar a su dueña por la correa como justo intercambio entre sometedor y sometido. Aproveché la batalla campal para sacar a Ángel arrastrándolo por el codo fuera del tumulto.
En apenas una hora mi antigua vida desapareció tal como sabía que desaparecería al sabotear La Institución, confieso que tuve miedo. La Institución era algo con lo que no se podía joder sin terminar con una lobotomía grave y encierros indefinidos en habitaciones sin puertas ni ventanas en una completa oscuridad donde se perdía la noción del tiempo y solamente te sacaban para hacerte tests pensados para un coeficiente de chicos de cuatro años y que ninguno de los que entraba logró nunca hacerlos bien más todas las torturas Chinas Persas Vikingas y Romanas, la cosa era seria, había que actuar pensando cada movimiento, si La Institución nos agarraba nos freía las pelotas sólo para empezar. Ángel me hablaba sobre la sublimidad de tomar el tren sin sacar el boleto, que por otro lado era necesario porque todos los boleteros estaban sobornados por la Institución, viajé mordiéndome las uñas por miedo a que aparezca el chancho y pensando en las torturas, Ángel tocaba plácidamente la armónica pero eso acabó por ponerme más nervioso y le dije que parase sin importar si se iba a enojar o no. Dejó una nota flotando con el poco aire que le quedaba en los pulmones me miró y dijo:
-¿No me vas a decir por qué o de qué nos estamos tomando el viaje?
Sabía que tenía que decírselo, era injusto no hacerlo, más teniendo en cuenta que me acompañaba incondicionalmente. Pero no se lo dije. Prefería esperar a estar lejos de todo, no bastaba con que estuviésemos solos, no confiaba ni siquiera en los semáforos o en los buzones, ni hablar de los tachos de basura, eso era un puro centro buchón de La Institución. El lugar perfecto era un desierto donde ni siquiera revoloteasen buitres ni se arrastrasen víboras, un lugar donde no hubiese el más mínimo rastro de vida, pero esos lugares ya no existían, y de haber existido no tendría la más puta idea de cómo llegar a ellos, más teniendo en cuenta que no me alcanzaba ni siquiera para pagar los boletos de la línea Mitre que no sacamos “por las más apropiadas y recomendadas razones de espionaje” según Ángel, que después de mi silencio a su pregunta se dio cuenta que no le iba a responder y se quedó mirando por la ventana y silbando el mismo Blues que estaba soplando en la armónica, llegando a conmoverme.
-Por ahora vamos hasta Retiro y de ahí al aguantadero de El Chino, y después, no tengo la más conchuda idea de qué es lo que vamos a hacer, ¿algo más?
-Sí. El chino no me gusta nada, nos va a cagar, aparte, de chino no tiene una mierda, se cree que porque toma té saborizado con frutas silvestres va a saber Cantonés y ni siquiera sabe hablar castellano.
-No me importa si el Chino te cae bien o no. Vamos a ir porque no tenemos otro lugar, porque me quedan dos balas, porque pensé que había traído la droga pero la dejé en el departamento, a donde no pienso volver por ahora, y porque me parece lo mejor.
-Y yo no te dije que no iba a ir, te dije que ese Chino de chino no tiene nada y que no me lo trago ni por joda, pero si vos decís que es lo mejor te creo.
Recién estábamos llegando a Tres de Febrero, faltaba una hasta Retiro. Cuando llegamos el andén estaba vacío. Nos bajamos y fuimos camino atrás por las vías hasta llegar al agujero en el alambrado, cruzamos el estacionamiento y salimos a la calle. Por lo general prefiero sacar el boleto a toda la maniobra “delicada y sagaz, necesaria de los talentos de un Houdini, de un atleta greco-romano y de un vago o un desempleado” como la describía Ángel. Cruzamos la plaza San Martín y fuimos al aguantadero que ahora era un cabaret, preguntamos por el Chino y nos dijeron que esperásemos, me comenzó a picar un chancro que me había salido en la axila, estaba empezando a disfrutar rascarlos, me volvía loco cuando Ángel los humectaba con baba y luego deslizaba su dedo sobre ellos en forma de espiral. Lo perdí de vista por un momento y ya había empezado a hacer quilombo con un grupo de cinco tipos que lo miraban y se reían de él porque todavía andaba en bata. Estaba a punto de saltar cuando El Pato apareció y dijo que lo acompañásemos adentro. Entramos por los camerinos donde cinco bailarinas se estaban maquillando y otras dos se dieron por lo menos tres líneas cada una en los cinco segundos que estuvimos ahí, llegamos a un pasillo mal iluminado y todavía se escuchaban los piropos que las bailarinas le tiraban a Ángel pero no me pusieron celoso porque sé lo que le gusta y lo que no. Con El Chino era otra historia, no con él, porque Ángel lo aborrecía, sino con el pendejo que llevaba siempre al lado y que no tenía nada que envidiarle a Adonis por su belleza ni a Rimbaud por sus poemas. Pasamos por atrás del escenario donde tres bailarinas representaban un número de vodevil, el lugar estaba colmado de gordos humo de cigarrillo whiskies y vergas que intentaban pararse, no había mucho más, pero todo eso era indicio de que al Chino no le iba mal con el cabaret y que aparte de pantalla para el aguantadero lo proveía de sus buenos ingresos, más legales que los verdaderos. Llegamos a otro pasillo mal iluminado y el Pato nos dijo que esperásemos ahí.
-¡Lo único que faltaba era tener que sacar turno para ver a este chino de cuarta que tiene más de cuarta que de chino!
Ángel tenía razón, El Chino se había agrandado. Verifiqué el arma en la cintura. Ángel se prendió un cigarrillo. El Pato se asomó por la puerta y dijo que podíamos pasar. El Chino confió en nuestra amistad y no nos hizo revisar.


Antes de pasar a la oficina o al cuartucho del Chino Miguel verificó si llevaba el arma en el cinturón que yo le decía que era igual al de Morrison. Primero entré yo, después Miguel y después el Pato. El Chino era aborrecible, no me cansaba de decírselo a Miguel al oído mientras nos acercábamos. Su aliento impregnaba toda la habitación con una peste morbosa. Estaba sentado en su escritorio abanicándose y escuchando Depeche Mode, la música era buena, aunque toda la situación bastante bizarra. El pendejo del Chino era un mantenido a cambio de sexo y poesía, permanecía fumando un cigarrillo. Ridiculizaba a los matones del Chino bardeándolos en sonetos y cuartetillas que ellos no entendían y diciéndoles cornudos en Arameo. El Poeta era obviamente políglota y escuchaba buena música porque seleccionaba en el reproductor de cd los temas de NIN que estaban en el compilado. El Chino era vomitivo. Miguel la llevaba bastante bien.
-¡Calmate Chino! Yo también tengo mis quilombos, y sabés muy bien que nunca te pedí favores.
-Y vos sabés que yo te banco un poco más, pero sabés que la deuda se añeja. Te estiro un poco, total este cabarute anda muy bien, aparte, mirá el pibe que tengo.
Chino de mierda. Chino de mierda. Chino de cuarta y de mierda. Qué ganas de volarle la cabeza pegarle un tiro en las bolas al Pato y salir rajando. El Chino abrió la valija que estaba sobre la mesa, sacó los fajos de billetes que escondían la droga, le dio a Miguel su parte y volvió a ocultarla. Yo me distraje mirando al pendejo que fumaba y leía Retrato del Artista Cachorro en una edición de Seix Barral y le pregunté si le gustaba Dylan. El pendejo levantó la cabeza con su mirada que enternecía por severa, me preguntó si el músico y yo sonreí. El Chino se levantó de un salto golpeando la mesa con la gorda palma de su mano y no sé qué le gritó en un pésimo coreano de supermercado. El Poeta guardó silencio, arrojándole lanzas y rayos de fuego con la mirada. El Chino se acercó lentamente hasta él y le colocó la bragueta a la altura de la cara mientras murmuraba morbosidades frases cariñosas le acariciaba el pelo y se bajaba el cierre relámpago con la uña amarilla y verduzca de la mano del mismo color. Miguel me miró. El Poeta ya miraba la pija, desafiante. Marcó el libro de Dylan Thomas doblando la punta de una hoja y se lo guardó en el bolsillo. Volví a mirar a Miguel, estaba bañado en transpiración y levantaba la mano muy lentamente hacia el cinturón, me di vuelta, el Pato me vio darme vuelta, me di cuenta que ya se había dado cuenta, si era más rápido que Miguel antes de matarnos nos sodomizaría en el escenario del cabaret para ganarse unos mangos extras y gastarlos en putas y anabólicos. Parpadeé, el Pato descruzó los brazos, Miguel destapó un brillo en el arma, tiré el cigarrillo sobre la alfombra, el Poeta se irguió como un griego hermoso y le murmuró a El Chino una maldición gitana mordiéndose los labios hasta hacerse sangrar y escupiéndosela al rostro, el Pato desenfundaba, la mano de Miguel estaba paralizada, le saqué el revolver y le pegue al Pato un tiro en el estómago, El Chino puteaba y se limpiaba la cara, fui hacia él para bajarlo pero el Pato soltó un tiro que le pegó en la oreja le atravesó la cabeza y rompió el vidrio de la ventana. Miguel reaccionó con el segundo disparo y vio los pedacitos de cerebro de El Chino que colgaban de los cristales rotos. El Poeta se abrochó los dos últimos botones de la camisa. Miguel agarró la valija que estaba sobre la mesa. Le dije al Poeta que se viniese con nosotros, se puso las sandalias, agarró los cigarrillos y salimos al pasillo que estaba vacío y mal alumbrado por unas luces violetas. Salimos por la puerta que daba al callejón. El Poeta reía. A Miguel le venía bien un poco de aire. Guardé el arma en la valija junto con la droga y la plata. Miguel y yo no sabíamos que hacer ni adónde ir. El Poeta dijo que conocía un lugar. Hacia frío. La noche era gótica. Tomamos el subte.

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